De vez en cuando, sin buscarlo, te encuentras un banco en tu camino, un banco que te invita a sentarte y contemplar el paisaje o a la gente que pasa, a sentir el silencio, el canto de los pájaros o el rumor que se extiende desde el pueblo o la ciudad.

Bancos de toda clase, improvisados con dos troncos y dos piedras; más elaborados, aunque todavía muy artesanales, hechos con tablones y sujetos con clavos; también están los típicos bancos de madera y hierro de parques y jardines... y todos ellos resistiendo el sol, la lluvia y el paso del tiempo, acogiendo a quienes valoran que son un lugar ideal para hacer una pausa.

A veces te sorprende dónde está situado el banco: lugares solitarios, por donde pasa poca gente y donde las hierbas del bosque trepan hasta el asiento haciéndolo un poco suyo también; cimas o acantilados que te ofrecen unas vistas maravillosas y que te hacen preguntarte: ¿Quién lo puso aquí? ¿La persona que lo hizo venía a sentarse y contemplar el paisaje?, ¿a pensar en un ser querido que ya no está?, ¿venía a escribir o a tocar un instrumento?... ¿Cuánta gente se habrá sentado en este espacio de calma y disfrute? ¿Gente del pueblo vecino o caminantes de paso como yo?

Sentarse en un banco pertenece a la dimensión de los pequeños placeres reconfortantes. Si estás de excursión o vives un día de calor, encontrar un banco en un lugar ideal es un regalo del cielo. Tu cuerpo se acomoda enseguida al banco y empieza a registrar las sensaciones de descanso; si además corre una suave brisa, te recuperas poco a poco. Observas el entorno: árboles, muros de piedra seca, rocas, playas... y el banco.

Un banco invita a descansar, a entablar conversación, a relajarse.

LauraM

Copons,  Alta Anoia

Comentarios

Entradas populares de este blog