Hay un montón de situaciones que me llevan a pensar en lo absurdo o incoherente del mundo que hemos construido, y no hablo de las guerras ni de los líderes narcisistas y supremacistas que gobiernan el mundo, de la incitación al consumo sin medida de objetos que no necesitamos, o de la riqueza sin sentido e insultante de unas pocas personas. Más bien hablo de cosas más cercanas que te encuentras de repente. Me impresiona descubrir pueblos o masías que en algún momento fueron grandes, sólidos y llenos de vida, totalmente abandonados y en un completo estado de ruina.

Caminas por sus calles solitarias y silenciosas, y vas viendo a ambos lados las casas, algunas con las puertas de entrada todavía abiertas de par en par, invitándote a entrar y echar un vistazo a lo que habían sido. A veces puedes encontrar zapatos, ropa, utensilios de cocina, juguetes y herramientas de trabajo oxidadas, mesas de comedor con un plato y una cuchara como si esperasen la comida y que alguien las utilice. Al recorrer los espacios vacíos y derruidos, si prestas mucha atención, puedes escuchar los ecos de conversaciones del día a día, e intuyes la vida que hubo allí.

Cuesta poco imaginar estas casas con una chimenea que se encendía cada día, con gente trabajando, jugando y viviendo lo cotidiano dentro de sus paredes. Gente que trabajaba los campos cercanos en bancales y terrazas bien delimitadas, ganadas a pulso al bosque. Lamentablemente, hoy muchos de esos bancales se pierden y solo se dejan adivinar entre el verdor de la vegetación las paredes de piedra seca que los forman.

En estos pueblos y masías, que van cayendo poco a poco, piedra a piedra, muchas generaciones trabajaron y vivieron del fruto de la tierra y de la cría de animales. Su historia, su sabiduría y su paso por estos territorios se va disolviendo y perdiendo con el tiempo.

Mientras perdemos todos estos pueblos y masías por todo el territorio, vivimos cada vez más como hormigas en un macro hormiguero. Ciudades aglomeradas, en las que es difícil vivir, en las que todo cuesta mucho, en las que no todo el mundo puede acceder a una vivienda digna, donde el trabajo es precario y no alcanza ni para sobrevivir, donde se promueve el individualismo, el consumismo y el aislamiento, y la esperanza es un bien escaso.

Sé que en las ciudades también hay gente que vive bien, y que en los pueblos rurales no todo es bucólico ni colaborativo; quizá no existe un Walden perfecto donde todo sea armonía y, actualmente, soy escéptica respecto a la capacidad de la humanidad de convivir en paz y respetando la naturaleza. Pero me atrevo a decir que quizá se está un poco más cerca de una vida más digna cuando estás en un ambiente más rural o natural, en pueblos o núcleos más pequeños, donde a veces es la propia fuerza y los fenómenos de la naturaleza son los que te empujan a la colaboración y al apoyo mutuo.

Por suerte, hay gente que busca su Walden, la simplicidad de vivir, y se marcha de la ciudad hacia pueblos del interior y dan vida a casas que permanecían vacías y sin fuego, y hacen de contrapeso al abandono de tantos pueblos y masías.

Laura M 

Les Planelles, Canalda

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